Tras analizar detenidamente esta orden ministerial solo en materia económica y operativa, no en cuestiones de vulnerabilidades, riesgos y criminógenos, me ha venido a la memoria, un libro que hace unos años leí. El libro se titula La economía en una lección, del autor Henry Hazlitt, de la cual, sustraigo la literalidad siguiente: “En ello consiste la fundamental diferencia entre la buena y la mala economía.
E1 mal economista sólo ve lo que se advierte de un modo inmediato, mientras que el buen economista percibe también más allá. El primero tan sólo contempla las consecuencias directas del plan a aplicar; el segundo no desatiende las indirectas y más lejanas. Aquél sólo considera los efectos de una determinada política, en el pasado o en el futuro, sobre cierto sector; éste se preocupa también de los efectos que tal política ejercerá sobre todos los grupos. El distingo puede parecer obvio. La cautela de considerar todas las repercusiones de cierta política quizá se nos antoje elemental. ¿Acaso no conoce todo el mundo, por su vida particular, que existen innumerables excesos gratos de momento y que a la postre resultan altamente perjudiciales? ¿No sabe cualquier muchacho el daño que puede ocasionarle una excesiva ingestión de dulces? ¿No sabe el que se embriaga que va despertarse con el estómago revuelto y la cabeza dolorida? ¿Ignora el dipsómano que está destruyendo su hígado y acortando su vida? ¿No consta al don Juan que marcha por un camino erizado de riesgos, desde el chantaje a la enfermedad? Finalmente, para volver al plano económico, aunque también humano, ¿dejan de advertir el perezoso y el derrochador, en medio de su despreocupada disipación, que caminan hacia un futuro de deudas y miseria?”. Según esta nueva orden ministerial, modifica los plazos de adaptación de los sistemas físicos/electrónicos de seguridad, pasando de 2 años a indefinido a las instalaciones obligadas, y de las empresas de seguridad de 2 a 10 años, en base de la vida útil de los sistemas; de modo que existirá un plano legal la no actualización a la normativa vigente para dichos sistemas de aquellos que todavía no lo hayan realizado. Entonces, la reflexión suscitada es el origen de la creación de una desigualdad entre los que hayan hecho un esfuerzo tremendo por actualizar sus sistemas al objeto de no verse en riesgo de sanciones administrativas, y activar partidas presupuestarias para ello, y los que viendo el grado de tormenta del mercado, se hayan podido aprovechar de la inseguridad que produce esta orden cuando se justifica de forma genérica su elaboración principalmente “por cuestiones de cambios económicos”. ¿Es qué en febrero del año 2011 no existían ya estos cambios económicos de la economía global? Resumiendo, esta orden deja cabos sueltos hacia una inseguridad de procesos y decisiones más que un bálsamo para los que se dirige la Orden, sin un campo de visión más allá que un presente y no una adecuación de la línea presente y futura de un mercado ya de por sí complicado.
E1 mal economista sólo ve lo que se advierte de un modo inmediato, mientras que el buen economista percibe también más allá. El primero tan sólo contempla las consecuencias directas del plan a aplicar; el segundo no desatiende las indirectas y más lejanas. Aquél sólo considera los efectos de una determinada política, en el pasado o en el futuro, sobre cierto sector; éste se preocupa también de los efectos que tal política ejercerá sobre todos los grupos. El distingo puede parecer obvio. La cautela de considerar todas las repercusiones de cierta política quizá se nos antoje elemental. ¿Acaso no conoce todo el mundo, por su vida particular, que existen innumerables excesos gratos de momento y que a la postre resultan altamente perjudiciales? ¿No sabe cualquier muchacho el daño que puede ocasionarle una excesiva ingestión de dulces? ¿No sabe el que se embriaga que va despertarse con el estómago revuelto y la cabeza dolorida? ¿Ignora el dipsómano que está destruyendo su hígado y acortando su vida? ¿No consta al don Juan que marcha por un camino erizado de riesgos, desde el chantaje a la enfermedad? Finalmente, para volver al plano económico, aunque también humano, ¿dejan de advertir el perezoso y el derrochador, en medio de su despreocupada disipación, que caminan hacia un futuro de deudas y miseria?”. Según esta nueva orden ministerial, modifica los plazos de adaptación de los sistemas físicos/electrónicos de seguridad, pasando de 2 años a indefinido a las instalaciones obligadas, y de las empresas de seguridad de 2 a 10 años, en base de la vida útil de los sistemas; de modo que existirá un plano legal la no actualización a la normativa vigente para dichos sistemas de aquellos que todavía no lo hayan realizado. Entonces, la reflexión suscitada es el origen de la creación de una desigualdad entre los que hayan hecho un esfuerzo tremendo por actualizar sus sistemas al objeto de no verse en riesgo de sanciones administrativas, y activar partidas presupuestarias para ello, y los que viendo el grado de tormenta del mercado, se hayan podido aprovechar de la inseguridad que produce esta orden cuando se justifica de forma genérica su elaboración principalmente “por cuestiones de cambios económicos”. ¿Es qué en febrero del año 2011 no existían ya estos cambios económicos de la economía global? Resumiendo, esta orden deja cabos sueltos hacia una inseguridad de procesos y decisiones más que un bálsamo para los que se dirige la Orden, sin un campo de visión más allá que un presente y no una adecuación de la línea presente y futura de un mercado ya de por sí complicado.
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